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Pedro Olivera, un joven “especialista” en barcos clásicos

  • REPORTAJE
  • 29 Agosto, 2015

El proel del Ilex es, a sus 23 años, uno de los tripulantes más apreciados del circuito de clásicos. Ha navegado en barcos modernos, pero no le gustan: “Tienen winches y en ellos todo es muy fácil”.

Pedro Olivera llegó a Mallorca procedente de Florianápolis (Brasil) a los 13 años. Su contacto con los barcos y la náutica había sido nulo hasta entonces. Su madre empezó a trabajar en un barco amarrado en el Real Club Náutico de Palma y para que el niño se familiarizara con el mundo de la mar lo inscribió en un curso de vela de Calanova. La vida del joven Pedro, que hoy tiene 23 años, dio entonces un vuelco inesperado. Aprendió a navegar y se enamoró de un barco, pero no de cualquier barco, sino del Ilex, un clásico de 1899 atracado muy cerca del yate donde estaba contratada su madre. “Me sentaba en el pantalán y lo miraba maravillado, me preguntaba para qué servían todos esos cabos, y soñaba con poder subir a bordo”, recuerda ahora Pedro Olivera sobre la pasarela del Ilex, del que es tripulante de proa. El barco de Germán Ruiz, un cutter áurico construido a finales del Siglo XIX a partir de madera de roble y olmo inglés, ganador de la Fastnet de 1926, participa en la Copa del Rey Panerai de Barcos de Época en la clase Época Cangreja, donde se citan los veleros con más solera de la flota. Pedro ha visto cumplido su sueño y ha hecho de su pasión por las embarcaciones de madera un modo de vida. Es un tripulante muy apreciado en el circuito porque tiene el empuje de la juventud y es un especialista en aparejos antiguos. Las ofertas de trabajo le surgen sobre el muelle y él va saltando de un velero a otro (ha formado parte de la tripulación del legendario Creole y del Marigan, entre otros), adquiriendo cada vez más experiencia y haciéndose un nombre. Germán Ruiz, uno de esos caballeros de la mar que sólo se encuentran en regatas como la Copa del Rey Panerai, bromea diciendo que Pedro “no sabe tanto como dice”, pero por algo lo tiene enrolado en su tripulación. Son como padre e hijo y se percibe a simple vista el afecto mutuo que se tienen. No es frecuente encontrar a alguien que los 23 años reniegue de los veleros modernos y hable de las sensaciones únicas que transmite la vela clásica. Olivera es, en este sentido, una ‘rara avis’ en un sector donde los dueños de los barcos y los tripulantes suelen ser veteranos. “Navegue un tiempo a bordo de un barco actual, pero no me llenaba. Había winches para todo. En el Ilex la cosa es diferente, hacen falta varias personas para tirar de un cabo y parece que vas a lomos de un caballo, con esa torsión del mástil… Es muy diferente y mucho más bonito”, explica Olivera, consciente de que el trabajo que ha elegido para ganarse la vida exige el sacrificio de ir de un puerto a otro con la mochila a la espalda. “Pero es lo que me gusta, es mi pasión y lo que me hace feliz”. Su próximo destino es Mónaco, aunque no sabe en qué barco: “Me gustaría competir a bordo del Chinook, ayer estuve hablando con su capitán, ya veremos…”

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